EN QUÉ CREEMOS

Nuestra denominación fundamenta su doctrina y fe en las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia la cual la  asumimos como las definiciones doctrinales de los primeros siete Concilios Ecuménicos, es decir, aquellos que tuvieron lugar dentro de la Iglesia Católica indivisa, los cuales fueron guiados por el Espíritu Santo y los aceptamos como parte de nuestra fe.

LAS SAGRADAS ESCRITURAS Y LA TRADICIÓN

»Ama la Sagrada Escritura y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y ella te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que ella sea como para ti tus collares y tus pendientes». San Jerónimo.

Ortodoxos y Católicos Antigos entendemos la tradición como el depósito de la fe cristiana, porque ambos sostenemos que el Espíritu Santo guía a la Iglesia y la inspira en verdadero entendimiento de la Palabra de Dios. La tradición, no se reduce a la fidelidad al pasado y a un principio protector del mensaje de Cristo, sino que también, y fundamentalmente, es un principio de desarrollo abierto a nuevas profundizaciones doctrinales iluminadas por la gracia de Dios. Sagrada Escritura y Tradición son dos caras de una misma intervención del Espíritu Santo.

 LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS Y LA MADRE DE DIOS

En la Iglesia Católica Antigua los santos son maestros y amigos que interceden por nosotros y nos ayudan en nuestro crecimiento espiritual. La comunión con los santos facilita la comunión con Dios, pues nos ayudan a acercarnos a Él. En el cristianismo occidental, existe una profunda devoción por la Santa Virgen María. Se la invoca en oraciones litúrgicas y personales como Madre de Cristo y Madre de la humanidad.

La exposición más clara de esta doctrina se encuentra en el Concilio de Trento (sesión VII, pars I, canon primero 6 ). Can. 1. :

“Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no fueron instituidos todos por Jesucristo Nuestro Señor, o que son más o menos de siete, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, o también que alguno de éstos no es verdadera y propiamente sacramento, sea anatema”.

Así, pues, la forma como fueron instituidos los sacramentos hace de rada acción sacramental de la Iglesia una acción de Cristo. Y esto por dos razones. Primero por ser una acción de culto del cuerpo místico cuya cabeza es Cristo. Y en segundo lugar por ser un acto de santificación.

Los Católicos Antiguos asumimos la relación entre los sacramentos, la fe y la tradición asegurando que aunque recibamos la gracia de los sacramentos en proporción a nuestra fe individual, incluso esa fe privada e individual a su vez depende de la Tradición pública y colectiva de la Iglesia, es decir, lo que Cristo le “cedió” o “transmitió” (la definición literal de “tradición”) a ella. De ahí la fórmula de San Pablo de definir la Eucaristía en 1 Corintios 11, 23: “Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido”.

EUCARISTIA MYSTERIUM FIDEI

Los católicos Antiguos creemos profundamente en el misterio  de la Eucaristía asumiendo la doctrina católica de la Transustanciación que explica el cambio de los elementos eucarísticos: verdadera Carne y Verdadera Sangre de Cristo.

Por ende entendemos que:

La Eucaristía es una acción: instituida por Cristo para que los cristianos conmemoren la redención, la instauración de la nueva alianza en su sangre, entren en comunión con su cuerpo vivificante y con su sangre vertida, realidades enteramente impregnadas de pneuma divino.

Si esta cena es sacrificial, se debe a la presencia sacramental del acto redentor. La comunión con Cristo tiene como efecto propio la unión entre hermanos, unión comparable a la de los órganos de un mismo cuerpo, superando toda oposición humana de raza, de condición social, etc.

La acción realizada mediante los signos eucarísticos, preludio de la parusía, es la acción misma del Señor y presupone su presencia real.  

La Eucaristía es nuestro tesoro más valioso. Es el sacramento por excelencia; nos introduce anticipadamente en la vida eterna; contiene todo el misterio de nuestra salvación, y es la fuente y la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia (Homilía, 22 de junio). 

Benedicto XVI 

ORDEN SACERDOTAL

En la última cena, Jesús manifiesta la voluntad de hacer participar a sus apóstoles de su sacerdocio, expresado como consagración y misión: «Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (Jn 17,18-19). Esta participación se hace realidad en distintos momentos a lo largo del ministerio de Cristo que pueden considerarse como los sucesivos pasos que conducirán a la institución del orden sagrado: cuando llama a los apóstoles constituyéndoles como colegio (cfr. Mc 3,13-19), cuando les instruye y los envía a predicar (cfr. Lc 9,1-6), cuando les confiere el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn 20,22-23), cuando les confía la misión universal (cfr. Mt 28,18-20); hasta la especialísima ocasión en que les ordena celebrar la Eucaristía: «haced esto en memoria mía» (1 Cor 11,24).

En la misión apostólica ellos «fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés». Durante su vida, «no sólo tuvieron diversos colaboradores en el ministerio, sino que a fin de que la misión a ellos confiada se continuase después de su muerte, los apóstoles, a modo de testamento, confiaron a sus cooperadores inmediatos el encargo de acabar y consolidar la obra por ellos comenzada (…) y les dieron la orden de que, a su vez, otros hombres probados, al morir ellos, se hiciesen cargo del ministerio». Es así como «los obispos, junto con los presbíteros y diáconos, recibieron el ministerio de la comunidad para presidir sobre la grey en nombre de Dios como pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros dotados de autoridad».

Para la validez de la ordenación, en sus tres grados, es necesario que el candidato sea varón y esté bautizado. Jesucristo, en efecto, eligió como apóstoles solamente hombres, a pesar de que entre quienes le seguían se encontraban también mujeres, que en varias ocasiones demostraron una mayor fidelidad. Esta conducta del Señor es normativa para toda la vida de la Iglesia y no puede considerarse circunstancial, pues ya los apóstoles se sintieron vinculados a esta praxis e impusieron las manos solo a varones, también cuando la Iglesia estaba difundida en regiones donde la presencia de mujeres en el ministerio no hubiese suscitado perplejidad. Los padres de la Iglesia siguieron fielmente esta norma concientes de tratarse de una tradición vinculante, que fue adecuadamente recogida en decretos sinodales. La Iglesia, en consecuencia, «no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal»